Domingo, 22 Octubre 2017

 Jorge Medina Rendón - Director

 

Ecología

Ciénaga: Un mar de Incertidumbres

Por: Luis Eduardo Rendón Vásquez*

Hace algunos días, los moradores de los barrios costeros de esta localidad y del vecino Municipio de Pueblo Viejo, fueron sorprendidos en las horas de la mañana cuando el mar retrocedió 50 metros y se devolvió con una súbita ola de más de 5 metros de altura acompañada de otras menores que se fueron a estrellar con fuerza sobre el frágil ecosistema costero de nuestro litoral.

La situación ocasionó voces de alarma y pánico entre los pobladores asentados en esta franja territorial del caribe colombiano.

Las clases en los colegios fueron suspendidas de inmediato y a un grupo de estudiantes de la Institución Educativa Virginia Gómez que tomaron la Avenida San Cristóbal con pasos apresurados les pregunte’ desde la puerta de mi casa que era lo que estaba sucediendo y la respuesta al unísono fue contundente: ¡Un tsunami llego’ a Ciénaga!

Mi primera reacción fue mantener la calma y verificar por las redes sociales la magnitud de tal evento. Las imágenes comenzaron a mostrar las áreas de inundación y afectación generadas por el desparramiento de las inesperadas olas. Afortunadamente no se registraron pérdidas humanas ni significativos daños materiales.

Algunas emisoras empezaban a emitir los primeros boletines de prensa acerca de lo ocurrido en los lugares mencionados. Por la radio se escucharon diversos pronunciamientos provenientes del Director del Centro de Investigaciones Oceanográficas e Hidrológicas (CIOH) que apuntalaba diciendo, entre otros asuntos, que era probable que el suceso corresponda a una pequeña onda de tsunami que no tiene origen en un evento sísmico, por lo que pudo haber sido causado por un deslizamiento de tierra en el océano.

Por otro lado, la Dirección General Marítima (Dimar) reporto’ oficialmente que el fenómeno no obedeció a causas astronómicas que son las que generan las mareas o meteorológicas que van asociadas a los ciclones tropicales.

Es oportuno destacar que dicho fenómeno se hizo evidente hasta la Guajira (Ballena) y el km 19 de la carretera que conduce de Ciénaga a Barranquilla y que ha estado precedido por algunos temblores detectados en ciertos lugares de la costa caribe.

En el año 2015, un grupo de estudiantes del Infotep y a los que les di clases de Emprendimiento, me informaron que una noche mientras departían en la playa con algunos amigos del Barrio Kennedy, observaron como el mar se retiraba casi a unos 30 metros de la playa formando un profundo canal que llegaba hasta la línea costera de Pueblo Viejo. Este hecho no transcendió los estrechos marcos del Barrio ni llegó al oído de las autoridades y organismos competentes ni mucho menos a los medios de comunicación.

Parece ser que todo ha vuelto a una sospechosa calma y que eventos como estos, para algunos analistas, son casi improbables que se den en nuestras costas. Además, los hechos ocurridos, según el Director de la CIOH, no pueden ser predichos. Y parafraseando al Alcalde de Ciénaga, Dr. Edgardo Pérez Díaz, una potencia como lo es el Japón que ha logrado un significativo avance y desarrollo científico y tecnológico no está en capacidad de predecir un evento de tamaña peligrosidad como lo es un Tsunami. Si esto sucede en una nación que supuestamente está preparada para prevenir este tipo de catástrofe natural, que podríamos decir de nuestro país que denota un alto grado de vulnerabilidad en su sistema de prevención y atención de desastres. Ahí está el caso reciente de Mocoa que vino a demostrar sin aspavientos, los frágiles que somos ante la insospechada arremetida de la madre naturaleza.

Frente a este mar de incertidumbre, que ha tenido un comportamiento atípico en los últimos años, es oportuno y saludable que adelantemos una profunda reflexión en virtud a que existe en estos cruciales momentos una amenaza latente que es impredecible ante el ojo humano.

No es suficiente diseñar planes de respuestas ante la ocurrencia de este tipo de eventos y actuar siempre sobre los efectos sin atender las causas que están provocando con más frecuencia y en cualquier lugar del mundo esta gran tragedia ambiental que azota en un alto porcentaje a los pueblos y a la humanidad en general.

Nuestros mares están siendo golpeados brutalmente por los ensayos atómicos que llevan a cabo las grandes potencias. Miles de toneladas de sustancias toxicas se vierten a diario en el lecho marino. Mueren lentamente los ecosistemas marinos de arrecifes y corales y todo por causa de las acciones codiciosas y antrópicas de los mercaderes de la naturaleza.

Se hace urgente cambiar nuestra actitud y comportamiento con nuestro mar.No basta con observarlo, estudiarlo y comprenderlo exclusivamente desde la óptica de las ciencias marinas y biológicas que son fundamentales para entender sus atributos químicos, alimenticios y medicinales.

Es menester desarrollar un nivel de comprensión hacia este ser vivo que merece respeto, amor y veneración por los altos poderes misteriosos que ha custodiado y mantenido por miles de siglos.

El mar, es decir nuestro mar, es la gran metáfora de nuestros pasos por la vida, es memoria ondulante donde emergen las musas y las ondinas de nuestros cantares. Es niño, juego e inocencia. Es pinceladas de acuarelas que pintan hermosos atardeceres crepusculares. Es en fin, poesía y música que dan paz a nuestra efímera existencia.

Es por todo lo anteriormente expuesto que se requiere establecer un Acuerdo de Convivencia con nuestro mar. Pedirle perdón por las acciones y atentados criminales que hemos cometido contra un ser que hoy tiene fracturada y desgarrada sus tectónicas entrañas, que su plasma sanguíneo languidece fermentando la vida marina en sus más diversas manifestaciones.

Estamos a tiempo de conciliarnos con este gigante marino, que como un niño acaricia las plantas de nuestros pies y refresca la piel de los que se sumergen en sus aguas. Que acoge en su lactante vientre ese connubio del sol con la luna e invita a los enamorados a descifrar los enigmas de las azules estrellas que se adentran en los confines de la mar.

Las olas que aparecieron y se estrellaron en nuestra zona costera son señales que quedaron escritas en nuestra memoria. Ese día el mar nos quiso hablar y algo nos quiere decir. Descifrar sus mensajes y códigos secretos es el gran reto que tenemos. La ciencia convencional no está en capacidad de hacerlo. Ella no habla el lenguaje de las piedras, de los vientos ni mucho menos del agua. No entiende el ciclo menstrual de la madre tierra porque no dialoga con el espíritu de las plantas ni con el roció y el humus de las hiervas. Jamás ha comprendido la alegría y el canto libertario de los pájaros ni sospecha porque los delfines deciden morir en alguna solitaria e inhóspita playa.

Y en este Gran Pacto de Convivencia y de Conciliación con nuestro mar, deben estar presentes los Mamos de La Sierra, guardianes incólumes de los saberes ancestrales y de las aguas que corren a juntarse con la cámara gestante del vientre marino en un ciclo que permita que las nubes vuelvan a irrigar los suelos, los bosques y las montañas y los caudalosos ríos fertilicen a nuestra madre tierra. La madre del mar, la madre de nuestra íntima existencia.