Miércoles, 26 Septiembre 2018

 Jorge Medina Rendón - Director

 

Participación

El poder de los derechos en un país que cambia

Por Paula Gaviria Betancur*

 

Bogotá. Recuerdo un país acostumbrado a la barbarie, que a veces se dejaba sorprender cuando la crueldad de los crímenes sobrepasaban los límites de la dignidad humana.

A veces recuerdo una Colombia atrapada en una guerra larga, desgastante, humillante, que tenía sumido en el dolor y en el olvido a gran parte del territorio nacional.

Recuerdo un país acostumbrado a la barbarie, que a veces se dejaba sorprender cuando la crueldad de los crímenes sobrepasaban los límites de la dignidad humana. Recuerdo que lo peor, la violencia cotidiana y el dolor de nuestra gente tenía lugar en las sombras y a plena luz del día.

Con ese recuerdo en mente, también veo un país que empieza a cambiar, un país que tiene delante un horizonte de esperanza. Es en ese horizonte en el que tengo hoy la mirada fija, sin desconocer los muchos desafíos que tenemos; el más importante: lograr que esos hombres y mujeres que a diario trabajan para poner fin a la discriminación, proteger a los más vulnerables y que alzan la voz contra la injusticia, puedan promover los derechos humanos sin poner en riesgo la vida.

Muchos rostros tienen las víctimas de la violencia en Colombia. En 1996 estábamos consternados por el asesinato de 274 sindicalistas; en 2002 lloramos la muerte violenta de 97 maestros; en los últimos años el crimen puso los ojos en los defensores de derechos humanos, especialmente en líderes comunitarios, indígenas, afrodescendientes, representantes y miembros de juntas de acción comunal, campesinos y defensores de la comunidad LGBTI.

Como defensora de derechos humanos y colombiana comprometida con la consolidación de la paz en Colombia me duele profundamente la muerte de esas mujeres y hombres valientes que lucharon por exigir sus derechos y los derechos de los demás… Duele la ausencia de quienes se empeñaron en convertir los derechos en una realidad para todos.

A diferencia de otras épocas, hoy, gracias a una participación profusa y abiertamente democrática de un cúmulo de sectores de la sociedad colombiana, colectivos, organizaciones, medios de comunicación, entre otros, la indiferencia está siendo vencida y los derechos se están convirtiendo en una herramienta de poder y transformación.

Vemos con frecuencia expresiones de condena y rechazo ante estos crímenes. Y luego, solidaridad ante la esencia de la dignidad humana, en la compasión. Nos sentimos convocados a trabajar con más ahínco por una misma causa: un país donde se respete la vida, sobre todos los intereses, como valor supremo; un país donde se respeten los derechos de todos y todas.

Sabemos que en este camino los defensores de derechos humanos y líderes sociales son nuestro faro. Son actores principales en la construcción de una paz que siembra esperanzas, una paz que reúne a la comunidad, que nos invita a imaginarnos un país que nos incluye a todos, que trae nuevas formas de pensarnos, una paz que nos revele grandes transformaciones para nuestro presente y futuro.

El Gobierno Nacional tiene el deber, y más aún, la convicción, el compromiso y toda la voluntad de protegerlos. Estamos trabajando, y seguiremos trabajando, coordinadamente y con cada una de las herramientas a nuestro alcance, para que los colombianos puedan hacer política, expresarse, luchar por las libertades, las comunidades, las víctimas y cualquier otra causa noble, sin temor, en todo el territorio nacional. Estoy convencida de que juntos, como Estado, superaremos este drama que nos aflige y preocupa. Los defensores no están solos.

Hoy, como Nación, tenemos dadas todas las condiciones para transitar un nuevo camino. Uno que nos permita encontrarnos en nuestras diferencias, derrotar las inequidades, recomponer el tejido social y generar los cambios culturales tan necesarios para reconciliarnos y avanzar hacia una convivencia pacífica.

El respeto por los derechos humanos es el triunfo de la gente, de la dignidad por encima de los intereses y la mezquindad. Por eso, anhelo un país cuya expresión no sea la ausencia de conflictos, sino la posibilidad de tramitarlos desde el diálogo, el reconocimiento del otro, la acción política no violenta y la negociación.

* Consejera Presidencial para los Derechos Humanos de Colombia

ElEspectador.com