Thea y Noé, son los burros del Papa Francisco, los cuales, en diciembre de 2014, recibió como regalo de la empresa Eurolactis Italia, que así quería promover el consumo de leche de burra, para asegurar la alimentación y la salud de los niños prematuros.

La cercanía del Papa con los animales es la del buen pastor, que cuida y guía a sus ovejas y busca que éstas permanezcan en el redil.

Los animales son “hermanos menores”, como lo decía San Francisco de Asís, y debemos mostrarles respeto; según las palabras del Papa Francisco: “Las Sagradas Escrituras enseñan que este maravilloso plan incluye todo lo que nos rodea y que fue ideado por el pensamiento y el corazón de Dios”.

Desde hace siete años, ha habido una controversia pues un periodista utilizó una palabra que el Pontífice nunca usó: “animales”, interpretando así la frase del Papa: ‘El Paraíso está abierto a todas las criaturas’, reseñado el 27 de noviembre de 2014 en el diario Corriere della Sera, así como en The Guardian de Londres y el 11 de diciembre de ese año en The New York Times, en El Universal de México, Caracol Radio y Terra Argentina, los cuales malinterpretaron la nota al advertir que Francisco había dicho que “los animales van al Cielo”, cuando lo que sí dijo al explicar qué es el Cielo, fue resaltar que antes que un “lugar” es un “estado” en el que las criaturas podrán contemplar a Dios.

Francisco se ha quejado muchas veces de aquella gente que siente demasiado afecto por las mascotas, pero muestra indiferencia y desprecio generalizado hacia sus semejantes: “Debemos estar atentos y no confundir piedad con conmiseración, que es una emoción superficial. ¿Cuántas veces vemos personas que cuidan de perros y gatos, pero después no ayudan a sus vecinos que pasan hambre? No podemos profesar la compasión por los animales si nos es indiferente el sufrimiento del prójimo”.

Sin embargo, en una de las audiencias generales de los miércoles en la Plaza de San Pedro, un niño se acercó llorando al Santo Padre y éste le consoló al decirle: “Un día volveremos a ver a nuestros animales en la eternidad de Cristo”.

El 10 de enero de 1990, San Juan Pablo II señaló que “también los animales tienen un aliento o soplo vital, y que lo recibieron de Dios”. Juan Pablo II no habla del destino final de los animales, sino que explica que Dios los creó y que su existencia depende de Él. El santo polaco tenía en el Vaticano dos palomas blancas, así como el beato Pablo VI tenía allí dos canarios. Por su parte, Benedicto XVI, tenía en su apartamento de Piazza di Cittá Leonina dos gatos, que se llevó a vivir al Vaticano.

El Catecismo de la Iglesia Católica se ocupa de los animales como criaturas de Dios, que la rodea de su solicitud providencial, exigiendo en los numerales 2415 al 2418, respeto de la integridad de la creación: “Los animales, como las plantas y los seres inanimados, están naturalmente destinados al bien común de la humanidad pasada, presente y futura. El uso de los recursos minerales, vegetales y animales del universo no puede ser separado del respeto a las exigencias morales. El dominio concedido por el Creador al hombre sobre los seres inanimados y los seres vivos no es absoluto; está regulado por el cuidado de la calidad de la vida del prójimo incluyendo la de las generaciones venideras; exige un respeto religioso de la integridad de la creación”.

Igualmente, el Catecismo nos indica el uso que sobre los animales es legítimo: “Es legítimo servirse de los animales para el alimento y la confección de vestidos. Se los puede domesticar para que ayuden al hombre en sus trabajos y en sus ocios”.

Por Hernán Alejandro Olano García