La carrera de relevos con la antorcha que ha inaugurado las Olimpiadas desde 1936 comenzó el jueves desde Fukushima, Japón, tras un año de demora a causa de la pandemia de COVID-19. El domingo, el primer ministro Yoshihide Suga declaró que los Juegos Olímpicos se llevarán a cabo “como una muestra de la victoria de la humanidad sobre el nuevo coronavirus”, aunque no hay ninguna señal de que Japón, ya no digamos la humanidad, vaya a derrotar pronto al coronavirus.

A Japón le ha ido mejor que a Estados Unidos y a muchos países europeos, con unos 450,000 casos de infección y unas 8900 muertes, para una población de alrededor 125 millones de personas. Sin embargo, las tasas de infección están aumentando poco a poco y la distribución de la vacuna ha sido dolorosamente lenta.

Hasta el 21 de marzo, Japón ocupaba el último lugar en inoculaciones per cápita de los 37 países de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos; tan solo el 0.3 por ciento de la población ha recibido una vacuna, de acuerdo con Bloomberg. Casi no hay ninguna posibilidad de que el pueblo japonés esté vacunado a tiempo para finales de julio, cuando se supone que comenzarán las Olimpiadas.

La semana pasada, Japón anunció que los espectadores extranjeros tendrán prohibida la asistencia a los Juegos. La decisión parece haber sido en parte una concesión a la opinión pública: en una encuesta realizada a inicios de este mes, el 77 por ciento de los encuestados se opuso a permitir la presencia de visitantes extranjeros. Según otra encuesta, tan solo el nueve por ciento de los encuestados dijo que los Juegos debían continuar como estaba planeado; el 32 por ciento dijo que debían cancelarse.

Entonces, ¿por qué Japón sigue adelante con las Olimpiadas, en contra de las objeciones de la gente, mientras la pandemia sigue siendo uno de los principales problemas de salud pública? La respuesta es conocida: colusión entre las élites.

El periodo de Suga como presidente del partido en el poder, el Partido Liberal Democrático (PLD), termina en septiembre y las elecciones legislativas deben ser convocadas a finales de octubre. Al parecer, Suga cuenta con que un bombardeo mediático con efectos optimistas en torno a los Juegos ayude a mejorar la caída de su popularidad. El verano pasado, Shinzo Abe le heredó un puesto de primer ministro manchado de varios escándalos… y Suga ha añadido algunos de su propia cosecha.

Suga fue el secretario de gobierno de Abe, gracias en parte a su firme control sobre los medios de comunicación. Fue el ministro de Asuntos Internos y Comunicaciones durante el primer mandato de Abe (2006-2007) y el secretario del Gabinete y vocero en jefe durante el segundo (2012-2020). Durante el último periodo, en la Clasificación Mundial de la Libertad de Prensa de Reporteros sin Fronteras, Japón cayó del lugar 22 al 66.

Suga es una figura dominante en este triángulo de hierro de la política japonesa: el PLD, el Ministerio de Asuntos Internos y Comunicaciones (conocido como MIC) y la industria mediática. Además, para esa red, en este momento, las Olimpiadas deben celebrarse a toda costa, con o sin espectadores del extranjero.

Tomemos como ejemplo a Dentsu, la empresa más grande de publicidad y relaciones públicas de Japón y la agencia exclusiva de mercadotecnia para los Juegos Olímpicos de Tokio 2020. Shun Sakurai, un exviceministro del MIC, ahora es el vicepresidente ejecutivo y director delegado de la empresa. Esa transición —de un puesto sénior en un ministerio a un cargo en una empresa regulada por ese mismo ministerio tras jubilarse— es llamada “amakudari”, el descenso del cielo.

Dentsu tiene lazos íntimos con el PLD. De acuerdo con un análisis que realizó el Partido Comunista de Japón de los documentos de financiamiento que está obligado a presentar el PLD, entre 2000 y 2018, el partido que está en el poder le pagó 100 millones de dólares a Dentsu, que a su vez ha realizado donaciones generosas a la campaña electoral del PLD. La empresa también ha estado envuelta en un escándalo a causa de un contrato turbio para administrar la distribución de un paquete gubernamental de ayuda para la COVID-19 de 20.000 millones de dólares.

El involucramiento de Dentsu en las Olimpiadas de Japón es complejo y profundamente problemático. Según fiscales franceses, el comité para la candidatura de Tokio le pagó más de 8 millones de dólares a un exejecutivo de Dentsu para que sobornara a miembros del Comité Olímpico Internacional. Dentsu también es un socio de mercadotecnia del COI, una posible violación a las reglas del comité relacionadas con los conflictos de interés.

Tokio 2020 es el evento con más patrocinios en la historia de los Juegos Olímpicos, con 3100 millones de dólares recaudados de empresas japonesas… gracias a Dentsu. Entre los patrocinadores locales se encuentran cinco periódicos nacionales de Japón: Asahi, Yomiuri, Mainichi, Nikkei y Sankei. Cada uno tiene su propia cadena de televisión afiliada, de manera directa o por medio de filiales. Esas cadenas son reguladas por el MIC y dependen de Dentsu para vender espacios de publicidad durante los horarios de máxima audiencia.

La pandemia todavía podría arruinar las Olimpiadas de Tokio. Tanto atletas como celebridades se han retirado de la carrera de relevos con la antorcha por temor a infectarse, y algunos equipos nacionales podrían dejar la competencia por completo. No obstante, si se celebran los Juegos, será una hazaña de colusión atrincherada entre las élites mediática y política de Japón, y una victoria para sus esfuerzos de cambiar la opinión pública a tiempo para las próximas elecciones.

Por Koichi Nakano Yahoo Noticias The New York Times Foto internet David Mareuil/Anadolu Agency via Getty Images