Al abrir por segundo año consecutivo una Semana Santa marcada a fuego por la pandemia de coronavirus, el Papa admitió hoy las dificultades de este momento dramático que se vive en todo el mundo y llamó a seguir el camino de Jesús que, recordó, “está en los últimos, en los rechazados, en los que nuestra cultura farisea condena”.

“Hemos entrado en la Semana Santa. Por segunda vez la vivimos en el contexto de la pandemia. El año pasado estábamos más conmocionados, este año estamos más probados”, reconoció, al final de la misa de Ramos, que celebró junto a treinta cardenales y ante apenas un centenar de fieles –todos rigurosamente con barbijos y distanciados-, en una Basílica de San Pedro semivacía.

Francisco subrayó que la crisis económica causada por la pandemia “se ha hecho más pesada”. “En esta situación histórica y social, ¿qué hace Dios? Toma la cruz. Jesús toma la cruz, es decir, asume el peso del mal que implica dicha realidad, el mal físico, el psicológico y sobre todo el mal espiritual, porque el Maligno aprovecha las crisis para sembrar la desconfianza, la desesperación y la cizaña”, explicó.

“¿Y nosotros? ¿Qué debemos hacer?”, preguntó. “Nos lo muestra la Virgen María, la Madre de Jesús. Ella siguió a su Hijo. Ella asumió su propia cuota de sufrimiento, de oscuridad, de desconcierto, y recorrió el camino de la pasión, manteniendo la lámpara de la fe encendida en su corazón”, indicó. “Con la gracia de Dios, nosotros también podemos hacer este camino. Y, a lo largo del Vía Crucis cotidiano, nos encontramos con los rostros de tantos hermanos y hermanas en dificultad: no pasemos de largo, dejemos que nuestro corazón se mueva a compasión y acerquémonos”, pidió. “Recemos por todas las víctimas de la violencia, especialmente por las del atentado ocurrido esta mañana en Indonesia frente a la catedral de Makassar”, imploró también.

Con paramentos rojos, el Papa presidió antes la misa del domingo de Ramos, que recuerda la entrada triunfal de Jesús a Jerusalén y su pasión, celebración que abre los ritos de la Semana Santa, el momento litúrgico más importante del año para la Iglesia católica. Y que por segunda vez será blindada debido al coronavirus que obligó a Italia a decretar un nuevo confinamiento para bajar la curva de contagio.

La tradicional procesión –que solía darse en la Plaza San Pedro, al aire libre, llena de fieles y en un clima de fiesta-, esta vez fue muy breve y protagonizada por los cardenales, que llegaron con palmas hasta el Altar de la Cátedra de la Basílica de San Pedro, ubicado detrás del famoso baldaquino de Bernini. En una escenografía esencial, saltaban a la vista dos plantas de olivo.

Después de que tres diáconos entonaran el Evangelio de la pasión, en su homilía el exarzobispo de Buenos Aires, de 84 años y que apareció renqueando debido a sus dolores de ciática, destacó la importancia de estar dispuestos a “dejarse sorprender por Jesús”. Y diferenció admiración y asombro.

“La admiración puede ser mundana, porque busca los gustos y las expectativas de cada uno; en cambio, el asombro permanece abierto al otro, a su novedad. También hoy hay muchos que admiran a Jesús, porque habló bien, porque amó y perdonó, porque su ejemplo cambió la historia. Lo admiran, pero sus vidas no cambian. Porque admirar a Jesús no es suficiente. Es necesario seguir su camino, dejarse cuestionar por Él, pasar de la admiración al asombro”, afirmó.

“La vida cristiana, sin asombro, es montóna”, recordó también, al invitar a los fieles católicos a pedir en esta Semana Santa la gracia del estupor. ¿Cómo se puede testimoniar la alegría de haber encontrado a Jesús, si no nos dejamos sorprender cada día por su amor admirable, que nos perdona y nos hace comenzar de nuevo? Si la fe pierde su capacidad de sorprenderse se queda sorda, ya no siente la maravilla de la gracia, ya no experimenta el gusto del Pan de vida y de la Palabra, ya no percibe la belleza de los hermanos y el don de la creación”, explicó. “Y no le queda otra vía que refugiarse en los legalismos, en los clericalismos y en todas esas cosas que Jesús condena en el capítulo 23 de Mateo”, agregó, saliéndose del texto preparado.

Aludió, así, al momento en que Jesús condenó a los fariseos, a quienes mencionó concretamente poco después, cuando insistió con la necesidad de “volver a comenzar desde el asombro”, desde el estupor.

“Dejémonos sorprender por Jesús para volver a vivir, porque la grandeza de la vida no está en tener o en afirmarse, sino en descubrirse amados. Y en la belleza de amar. En el Crucificado vemos a Dios humillado, al Omnipotente reducido a un despojo”, destacó. “Y con la gracia del estupor entendemos que, acogiendo a quien es descartado, acercándonos a quien es humillado por la vida, amamos a Jesús. Porque Él está allí, en los últimos, en los rechazados, en lo que nuestra cultura farisea condena”, concluyó.

Yahoo Noticias Por Elisabetta Piqué lanacion.com Foto internet agencias