El papel de la madre, dando la vida, ocupa un lugar sobresaliente en la historia universal y en la historia de la salvación.

Desde el punto de vista de la historia bíblica, se cuenta que Dios hizo a la mujer para que fuera madre (cf. Gn 1,28). Cuando Adán llama a su mujer “Eva” especifica su vocación: “Madre de los viviente” (Gn 3,20). El primer libro de la Biblia narra cómo se realizó esta vocación a pesar de las más desfavorables circunstancias. Así se constata también con el ejemplo de Sara y Raquel, quienes a pesar de las dificultades, lograron realizar su vocación con regocijo y agradecimiento. Esto indica que la mujer, una vez madre, salta de júbilo. Así Eva en su primer parto exclamó: “He adquirido un varón con la ayuda del Señor” (Gn 4,1).

Todo esto refleja, que la mayor gloria de una mujer israelita es ser madre (cf. Gn 24,60; 30,1; 1 Sam 1,6; 2,1ss; Sal 113,9). Esta es la felicidad de Santa Isabel (cf. Lc 1,24-25.41.58) y de María, la madre del Señor cuando dice en el Magnificat: “Proclama mi alma la grandeza del Señor, se alegra mi espíritu en Dios, mi Salvador” (1,46-47; cf. 11,27).

La mayor expresión del amor humano que podamos experimentar en este mundo es el amor de una madre, en Isaías leemos:

“¿Puede una madre olvidar al niño que amamanta, no tener compasión del hijo de sus entrañas? Pues, aunque ella se olvidara, yo no te olvidaré (49,15). Cuando Dios quiso expresar su amor para con nosotros en términos humanos, la figura que utiliza es la de una madre. Dios no encontró una manera más clara de ilustrar su amor y su compasión para con sus hijos en este mundo que comparándose así mismo con una madre. Eso es interesante porque a pesar de que Dios se ha dado a conocer a nosotros como “el Padre” y los términos que se usan para referirse a él, son generalmente, siempre masculinos; sin embargo, la figura que Dios usa también para expresar su amor por nosotros es la de una madre, lo vemos en el texto citado y en otros pasaje de la Escrituras (cf. Is 66,13; Mt 23,37).

Todo esto nos hace entender la vocación sublime de una madre, visto desde el amor de Dios por nosotros. Su entrega y sacrificio, hace parte de su misión y, por eso, se preocupa por su hijo. Desde el seno materno la madre alimenta al nuevo ser que tiene en su vientre; su naturaleza femenina está orientada a esa primera relación de vida, nutriente y personal, de cariño y protección que le da a lo largo de nueve meses. El niño en el seno materno ya comienza a interactuar con ella.

El vientre materno es el lugar querido por la naturaleza para que una persona madure, un hijo crezca, y pueda hacer sentir su presencia, y reconocer adecuadamente con el paso de las semanas que se encuentra protegido y recibido. Ya desde allí, desde el vientre materno, comienza a establecerse una verdadera relación filial que perdurará hasta lo largo de la vida de sus hijos.

La pérdida de los hijos es también para las madres causa de un inmenso dolor (cf. Mt 2,18), como es la preocupación por ellos, por su alimento (cf. Mt 24,19), por su porvenir (cf Mt 20,20).

Por eso mismo, la madre tiene derecho a la piedad filial, debe ser requerida y honrada por sus hijos (cf. Pr 1,8; Eclo 3,1ss; Mt 15,4s; Lc 18,20). Para un hijo sólo puede haber un amor superior al que tiene por su madre: el amor a Jesucristo (cf. Mt 10,35-37; Lc 14,26).

 Felicidades a todas las madres en este día. Gracias por su generosidad y entrega las 24 horas del día, incluso sin vacaciones. Queridísimas mamás, gracias, gracias por lo que son en la familia y por lo que dan a la Iglesia y al mundo. Que la Santísima Virgen María, les bendiga siempre y que su maternal protección les enseñe a formar en sus hijos el corazón de Cristo. Amén.

Por padre ISIDRO DE JESÚS CASTRO DUQUE

Administrador Diocesano Santa Marta

Con foto tomada de Opinión Caribe