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El cambio climático se ha convertido en estos días en el principal motivo de atención y preocupación de los países que asisten a las cumbres ambientales y donde se firman tratados que comprometen a muchas naciones a enfrentar y mitigar los efectos adversos y devastadores generado por la alteración del clima.

Hablamos del derretimiento de los polos, descongelación de páramos, aumento del nivel del mar, calentamiento de la tierra, sequías, inundaciones por desbordamientos de los ríos, tormentas tropicales, activación volcánica, incendios forestales, movimientos sísmicos que son, entre otros, fenómenos antrópicos que ponen en riesgo la pervivencia de la especie humana y de la biodiversidad en general.

Son diversas las causas que han provocado esta crisis climática y que están indicando la necesidad de ejecutar en forma inmediata acciones contundentes que permitan evitar a gran escala una inminente catástrofe ambiental: la producción de combustibles fósiles, tales como el petróleo, el carbón y el gas se convierten en fuentes generadoras de CO2, la tala indiscriminada de bosques, la industria automotriz junto con el sistema de transporte, la producción de agroquímicos tóxicos y semillas transgénicas son entre otras causas, factores determinantes que están conduciendo a la humanidad a una crítica y tenebrosa encrucijada.

Frente a estos evidentes hechos, es de vital importancia, examinar con detenimiento y juiciosa reflexión, como la industria y la actividad ganadera está contribuyendo ostensiblemente al calentamiento de la tierra con todos los efectos nocivos que ello trae consigo.

Se sabe que más del 95% de la humanidad consume carne y que solo un pequeño porcentaje de la misma es vegetariana, En efecto la humanidad está consumiendo en el año un promedio de 350 millones de toneladas de carne y se vislumbra que para el 2030 el consumo de carne se aumente a 500 millones de toneladas, los cuales si los convertimos a kilogramos nos da una cifra de 500.000.000.000 millones de kilogramos de carne. Se conoce que para producir un kilo de carne se requiere de 25 litros de agua, lo que implica utilizar en todo este proceso de producción de carne más de 12 billones de litros de agua.

Queda bien claro que más de la mitad del agua en el mundo se gasta en la industria ganadera. Además de lo anterior, el ganado provoca en gran proporción la contaminación del agua, 10 veces más que la actividad de los hombres y 3 veces más que la misma industria. Igualmente, millones de hectáreas de selva y bosques son destruidas por año cuando se traducen en pastoreo y en cultivos para alimentos de animales. Un 70% de bosques en el Amazonas han sido destinados a pastizales y el 70% de las tierras de pastoreo de las zonas áridas están degradadas en virtud al exceso de pastoreo.

Ahora bien, ante esta incertidumbre ambiental surge el siguiente interrogante: ¿qué daño a la salud humana esta produciendo el consumo irracional de la carne?.

Enfermedades como la aparición de cáncer en el colon por el desenfrenado consumo de carne, está afectando en forma considerable a un alto porcentaje de la población mundial. La ingesta de carne es el alimento que más desequilibra la temperatura corporal y la microbiota intestinal, lo cual provoca la fiebre interna en el organismo humano, convirtiéndose de esta manera en la cuota inicial de muchas enfermedades.

Cuando se tiene demasiada sed se aumenta el calor corporal y es un síntoma indiscutible que nos indica que el sistema de refrigeración que tiene la microbiota intestinal se encuentra afectado. Es decir, tanto el radiador de los seres humanos como el de la tierra están averiados y ambos padecen de fiebre interna.

En consecuencia, se hace urgente reducir en forma significativa el consumo de carne. Si el ser humano que es una réplica representativa de la madre naturaleza, ya que contiene todos los elementos de la tabla periódica en su esencia y  que por sus venas corren los ríos, los mismos que bajan de las montañas y  su capa de ozono se encuentra deteriorada al igual que la de la madre tierra, se comprometiera a mitigar y reducir su fiebre interna,  así se podría lograr  que la tierra dejara de convulsionar por las altas temperaturas que tiene que soportar su vulnerable y lacerado cuerpo.

Hagamos algo por la recuperación de la salud de nuestra madre naturaleza. Humanidad y tierra arden en sus entrañas. Si un vegetariano salva 400 mts cuadrados de árboles al año, ¿cuantos arboles salvarían 1.000 millones de no comedores de carne en el mundo?. Estamos a tiempo de evitar los estragos que puede generar el fuego consumidor a los pobladores de esta esfera, solo si cambiamos  un poco nuestros hábitos alimenticios.

Comer más frutas, verduras, cereales y legumbres, es la alternativa que nos queda para que la tierra se refresque, y deje de convulsionar. La especie humana puede de esta forma, prolongar su existencia sobre la redondez de esta esfera.

Por: Luis Eduardo Rendón Vásquez

Economista. Ambientalista