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En forma, James Rodríguez es un futbolista formidable.

En su reintegro a la selección es bueno comprobar si llega como solución, imposición o provocación. Si será o no un problema, si trae la voluntad de mejorar las relaciones con el vestuario y de reencontrarse así mismo, con su fútbol.

Si, a pesar de entrenar sin rigor y su falta de competencia de especial nivel, conserva sus cualidades por todos conocidas.

Ni méritos, ni rendimiento, ni la actualidad de su juego, dan confianza. Su estado físico y técnico no son garantía. Se duda si llega a sumar o restar, como artista u obrero, a pelear por un derecho a ser alineado, que él mismo descartó cuando marchó por el camino de la insubordinación.

De brillar en los próximos partidos, dejará por el piso los paradigmas estrictos de los entrenadores que afirmaron y comprobaron que, sin practicar y competir con rigor, frente rivales exigentes, imposible es lograr el máximo rendimiento.

Si él lo hace, estaremos frente a un fenómeno futbolero y Colombia será feliz.

Su regreso despierta ácidas polémicas entre quienes añoran ver su fútbol del pasado y los que señalan su ausencia de compromiso.

Los que le ven como redentor y aprecian la selección como su plataforma de relanzamiento. Y aquellos que afirman que solo vuelve para silenciar a los críticos.

No se ve coherente la decisión del técnico Rueda, impropia de su estilo, distante de sus discursos, sin claridad en las razones para su convocatoria.

Siempre predicó que necesita a sus jugadores “al 500 por ciento” y James no está ni en la mitad de su producción. 

James regresa con sus altas cuotas de adrenalina a ponernos a soñar, con su añorado fútbol flotante, lleno de gracia y calidad. Ojalá sea un jugoso aporte y no una ficha incomoda o un jugador invisible. 

Por: Esteban Jaramillo Osorio